El amor es la respuesta

Esta semana, una tarde, mientras escribía aquí mismo, escuché a mi pequeña que le preguntaba a su padre:

– Pero Papá… y… ¿Por qué hay personas que quieren quemar el monte?.

Recuerdo que levanté la mirada por encima del ordenador y pensé: Empiezan las preguntas difíciles. Ahora mientras lo recuerdo, siento que fue como un aviso y un calentamiento. Como un: ¿estáis preparados?.

Un par de días mas tarde ella y yo bajábamos en el ascensor, en silencio, mirándonos. Unos segundos más de silencio y otra pregunta lo rompe en mil pedazos.

-Mamá, ¿Porqué yo no estaba en tu barriga?.

En un segundo entiendes las pequeñas preguntas que habían precedido a esta y eres consciente de que todo, aunque no lo parezca, se queda grabadito en su cabeza para procesarlo a fuego lento, sin prisa, a su ritmo.

Me agacho, le sigo mirando, pero ahora con mucho más cariño. Le explico. Sus ojos todavía se alargan más y su mirada también, como si quisiera meterse en mis argumentos y en mi corazón a través de ella. En algún momento me quedo sin respuestas. Ella sigue preguntando. Enlazo con la historia que ya conoce, parece que algo cobra sentido en su cabeza. Pero seguimos hablando, hasta que ella decida. Entonces, tras cruzar un par de puertas, entrar en el garaje y llegar a nuestro coche recuerda algo:

– ¡Mamá! ¡Mi perrete! Se me ha olvidado… ¿Lo has cogido tú?.

– No mi vida, “Guau-guau” es tu responsabilidad, ¿recuerdas?.

– Vale, no pasa nada, pero cuídale mucho mientras yo no estoy… ¿eh, mami?!.

Y conduzco los cinco minutos que nos separan del colegio pensando en esa última frase. Imaginando a la persona que sí la llevó en su barriga diciendo esas precisas palabras: “cuídale mientras yo no esté”. Y mientras se me caen dos lagrimones que limpio disimuladamente, se ve un relámpago al fondo, y cuatro gotas de lluvia estallan en el cristal. Como si alguien más estuviera llorando.

Camina hasta la puerta con su paraguas, feliz. Le doy un abrazo más fuerte de lo habitual antes de entrar. Y vuelvo a casa pensado en las preguntas que no he sabido responder, en los “no lo sé, mi vida” de mi discurso, en su madre biológica y en todas las personas que desde alguna parte piensen en ella. Y desde ahí, desde ese sentimiento encuentro algo de luz en el camino, que cada vez está más gris, por cierto.

Las preguntas llegarán y las afrontaremos con toda la disponibilidad, verdad y amor que quepan en las palabras. El amor es la respuesta.

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