A 10.000 metros sobre el cielo

Hace unos días volvimos a volar. No subíamos en un avión desde hacía dos años y medio, cuando hicimos el viaje que nos cambió la vida.

En el viaje de ida volví a sentir la emoción, la ilusión, esas mariposas en el estómago… viajábamos juntos, con seres queridos, su primera vez siendo consciente.

En el viaje de vuelta fue diferente. Viajábamos los tres juntos y solos. Como aquel vuelo en el que de noche y durante 12 horas, mientras ella dormía, yo pasaba por el trance emocional más potente de toda mi vida. Otra vez ilusión, otra vez mariposas en el estómago, pero esta vez también vértigo, también duelo, también sabor a amarga despedida…

Cada minuto que pasamos en aquel avión de Vietnam Airlines alejaba a nuestra pequeña de su mundo, de su historia, de su origen, de lo único que le había acompañado desde que nació. Cada minuto que pasamos en aquel avión también nos acercaba a nuestra nueva vida, a nuestra familia, era el camino a casa.

Y en esa ambivalencia emocional fui feliz y también sentí culpa. Cuando hablamos de adopción nadie habla de este sentimiento. Todavía en algunos momentos, y a pesar de la felicidad de la que disfrutamos, la siento. Pero no me torturo, en absoluto. Porque todas las decisiones las tomamos desde el amor más profundo e incondicional. Y si algo amamos y respetamos es su vida desde la raíz, sin miedo y sin tabús.

Y aunque el avión es el símbolo que en esta etapa de desarrollo emocional e intelectual de nuestra hija nos permite conectar con su origen, no es el principio de esta historia. Y ya empezamos a hablar con ella de todo lo que pasó antes de aquel avión y de aquel viaje. Porque su historia comenzó antes de aquello, porque lo más importante de su vida pasó antes de que nosotros llegáramos, antes de aquel vuelo.

Pero para mí fue a 10.000 metros de altitud, sobre el cielo, donde sentí que el sueño ya no era sueño y que nuestra familia nacía. Que el viaje no terminaba sino que empezaba. Que a partir de aquel momento ya éramos el equipo que hoy somos, que ya no estábamos solos. Que no iba a ser fácil, pero que todo lo afrontaríamos juntos. Y llegamos de día, y el camino se llenó de luz y esperanza.

daniela avion

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