Aprender a pasear

Nunca me ha gustado pasear. De hecho creo que nunca he sabido hacerlo. Me recuerdo siempre con prisa. Mirar el reloj, comprobar que no llego tarde, pero descubrirme trotando. Como si estuviera perdiendo algún tren.

Compaginé mis estudios con un trabajo de tardes y otro de fin de semana, luego estaban las prácticas, las horas de estudio y los eventos sociales. Cuando terminé la carrera empecé algunos cursos y un máster a dos horas en coche desde mi casa y tres horas desde la localidad donde me ofrecieron mi primer puesto como psicóloga. Comía en el coche. Me recuerdo siempre corriendo.

Así que nunca entendí eso de pasear, que en mi cabeza se traducía en “andar sin objetivo” o “perder el tiempo”. Hasta que ella llegó. La primera vez que en Vietnam la sentamos en un carrito su cara fue como de caer al vacío, su primer paseo. Pero poco a poco le encontró el gusto, así que cuando llegamos a casa todas las mañanas salíamos y dábamos largos paseos que nos servían también para hacer los millones de trámites que todavía te esperan una vez  llegas a casa. Con la sillita mirando hacía mí y su chupete, ella estiraba las piernas, las enroscaba en el manillar, y con el traqueteo del carro en movimiento, su cara era de pura felicidad. Me enganché a esa cara y a la sensación de ser yo quien que la empujaba, porque era real, ya estábamos juntas.

Cuando comenzó a caminar y a disfrutar de sus primeros trotes la plaza de nuestro barrio era el escenario perfecto. Salíamos a pasear solos, detrás de un balón, o con Neo, el perrito de sus padrinos. Daba gusto verla corretear detrás de él “Nenooooo”. Y el día que descubrió que con su “moto” podía ir más rápido y hacer equilibrios, el ratito de paseo ya no era nuestra elección, sino la suya. La buscaba en casa y la ponía en la puerta ¿Vamos?. Y a la moto le siguieron el patinete y la bici. Y después de tanto pasear me di cuenta de que ya no solo me gustaba hacerlo, sino que lo necesitaba.

Ese rato de paseo en el que solo disfrutamos de la temperatura, de la compañía, de la conversación, de sus progresos y de su alegría, se convirtió en nuestro momento. La sensación del sol en la cara, del sonido de las olas, la brisa del mar o el crujir de las hojas bajo los pies. Cada paseo tiene su encanto, pero todos ese poder terapéutico que hace que el estrés del día se quede un poco ahí, que nos obliga a cambiar el ritmo y llegar a casa con la mochila más ligera. Ese momento en que papá llega de trabajar y aparca sus preocupaciones, en el que yo desconecto de las mías y ella no solo es feliz porque puede hacer despliegue de todo su potencial físico. Desde antes de empezar el paseo ella ya es feliz porque es nuestro momento. Porque estamos los tres juntos y no hay nada que le dibuje una sonrisa en la cara más sincera. Nos coge de la mano y aprieta fuerte. Nos mira y nos abraza con nervio.

Y ya sabemos que instantes de felicidad están por llegar. Que reiremos que sus ocurrencias, que nos sorprenderemos con sus descubrimientos, que nos matará de algún susto con su afán de correr, brincar y escalar. Pero nos sentiremos orgullosos de sabernos presentes y conectados. Por haber aprendido a pasear y disfrutar.

Os dejo con las fotos de nuestro paseo del domingo. Regresamos a casa para comer y mientras lo hacíamos nos dijo: “Papi, mami, lo he pasado muy bien”. Y por un momento sentí que había aprendido a pasear para escuchar aquellas palabras y ser un poquito más feliz.

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